lunes, 5 de noviembre de 2012

Presentación del libro Historia Intelectual de Venezuela (Ensayos)


  En una tarde de no muy buen tiempo, llovía y escampaba, del sábado 20 de octubre, se realizó un interesante evento en la Librería Kalathos ubicada en el Centro de Arte Los Galpones, de los Chorros.
El Doctor Edgardo Mondolfi Gudat, Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, pronunció las palabras de presentación del libro Historia Intelectual de Venezuela (Ensayos) publicado por FEDUPEL. Se procedió a bautizar la obra con granos de café trujillano. Al final se ofreció un brindis de honor y compartieron un buen rato los asistentes. Entre estos se encontraban la Dr. Virginia Betancourt , Presidente la Fundación Rómulo Betancourt; el Dr. Carlos Alarico Gómez, Presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela; el crítico de arte Esteban Roldán-Grillet; las profesoras del la UPEL Fátima Dosantos y la Dr. Tárcila Briceño y la Profesora Isabel Peleteiro; el profesor del Departamento de Geografía e Historia del Instituto Pedagógico de Caracas José Alberto Olivar; el Dr. Napoleón Franchesci, prologuista del libro bautizado; la investigadora y escritora Mirla Alcibiades, el historiador José Marcial Ramos Guedez,  entre muchos otros concurrentes, familiares y amigos del Dr. David Ruiz Chataing, autor del libro. Se escanciaron muchas botellas y la reunión fue languideciendo y retirándose los asistentes. Felicitaciones al Dr. David Ruiz Chataing por este nuevo logro académico. 

Palabras del Dr. Edgardo MondolfiGudat      

UN PAÍS NO SÓLO DE PÓLVORA
 
Durante el siglo XIX no todo el país llevó un revólveral cinto, ni tampoco todos quienes lo habitaron dedicaron su tiempo a sacarse las tripas entre sí. Lo digo porque sobre aquel siglo pesa la espantosa e injusta mácula de haberse agotado, única y exclusivamente, en guerras civiles e inciviles, o en la inútil o simple amenaza de la guerra. Y cuando es el caso de que se piense en aquella parte del siglo XIX hecha de verbo, suele pensarse sólo en la prosa apasionada, violenta y corrosiva de aquellos tribunos que, como Antonio Leocadio Guzmán o Juan Vicente González, se hicieron cargo de meterle leña a lo que ese siglo sítuvo –y mucho- de guerra.
Me adelanto a aclarar, para no ser mal interpretado, que en ningún caso niego que el hábito de la guerra terminó arraigando con fuerza o sirviéndole de palanca a muchas de las actuaciones que le dieron base al personalismo y autocratismo de buena parte de nuestros gobernantes de ese período. Admito, pues, que fue un siglo armado y que, sin duda, la gramática de la pólvora y del revólver hizo brutalmente de las suyas. Pero, a la vez, debo adelantarme a subrayar y defender con ardor la tesis de que aquella inmensa nube de pólvora no ha permitido ver con suficiente claridad que se trató también de un siglo lleno de conceptos y propuestas doctrinarias. Por eso celebro tanto el libro que hoy se presenta. Porque a poner de relieve la existencia de ese otro país apunta justamente el empeño que anima el más reciente título que ahora nosofreceel historiador David Ruiz Chataing –Historia Intelectual de Venezuela-, publicado por el Fondo editorial UPEL y que hoy, gracias a la gentileza de los amigos de Kalathos, tengo el privilegio de comentarles, a través de estas breves palabras, en los espacios de una libreríatan acogedora,tupidade árboles y secuestrada por un vecindario que rebosa de arte.
De modo que ese país de la guerra, y de los prestigios políticos surgidos de ella, no se condice con el espectáculo menos ruidoso -y seguramente por ello más discreto- de un país que tambiénfue capazde generar un raudal de ideasy alternativas que circularon en folletos, pasquines, hojas sueltas y periódicos y que, hoy por hoy, continuaríasin conocerse mucho sino fuera por el afán con que Ruiz Chataing –y una legión de historiadores contemporáneos-se han dedicado a la paciente labor de rescatar, clasificar, inventariar y redimir del olvido ese amasijo de ideas que alimentaron lasrudimentarias prensas del siglo XIX con el objeto de darle el mayor relieve y difusión posible a lo que significó la “aventura” –la palabra la tomo prestada de Mirla Alcibíades- de construir una República.
A la hora de explorar aquel rico mundo de exposiciones doctrinarias de nuestro siglo XIX, Ruiz Chataing tuvo el tino de brindarle a su libro el carácter más amable que pueda concebirse: en lugar de enhebrarlo por temas, lo organizó por capítulos dedicados, específica e individualmente, a la vida y obra de cada una de las principales figuras de aquel elenco que, en medio de los alzamientos permanentes, se dedicó al duro oficio de pensar y de proponer la consolidación de un proyecto civil, alternativo y liberal de poder. Así, pues, desfilan en esta galería prosistas como Luis Gerónimo Alfonzo, quien de modo inusualmente temprano abogó por el voto universal, directo y secreto; el extrovertido, tolerante y alegre Nicanor Bolet Peraza quien, en medio de su guasa, fue eterno crítico de los fraudes electorales pero quien también reaccionó contra la falsía de aquellos que juzgaban el problema venezolano en términos de “raza” y no de situaciones históricas; Laureano Villanueva, quien con todo y que fue uno de los historiadores oficiales del Liberalismo Amarillo y promotor de su imaginario y mitología de poder, apostó por una reivindicación bastante sincera de la organización municipal y del federalismo; Francisco Tosta García, quien no siendo ajeno a las corrientes positivistas de su tiempo fue capaz de adherir a ellas sin dogmatismo o, incluso, sin el temor de alejarse de algunos de sus postulados, o Marco Antonio Saluzzo, hijo de inmigrantes sicilianos y optimista incurable a la hora de hacer un diagnóstico de esa Venezuela que se creía condenada a la barbarie política.
Aquellos hombres de doctrina, cuya galería de retratos ofrece Ruiz Chataing en la primera parte de este libro, compartieron una serie de rasgos comunes, algunos de los cuales son incluso bastante significativos:tres de los cinco autores mencionados fueron autodidactas, pero todos, por igual, mostraron una sorprendente capacidad para estar al día con la literatura política, filosófica e historiográfica de su época; tres de los cinco también llegaron a ser miembros o fundadores de la Academia Nacional de la Historia; casi todos se asomarona la novísima disciplina de la Sociología y casi todos, por igual, fueronexponentes de un curioso sincretismo capaz de conciliar la Ciencia con el Evangelio, lo Cristiano con lo Liberal, lo Masónico y lo Cientificista.
Ocurre sin embargo que aquí –y esto es lo que de manera arbitraria podría definirse como la segunda parte de la obra- conviven también, en las páginas de este libro, figuras que actuaron a caballo entre dos siglos, entre el XIX y el XX y que, asombrosamente –porque así se los permitió la longevidad de sus vidas y la mocedad de nuestra Historia republicana-, fueron tan testigos de los gobiernos de Joaquín Crespo como llegaron a serlo del régimende Eleazar López Contreras. Se trata de la generación que convivió entre el Positivismo y su rechazo, o entre la ortodoxia liberal económica y los inicios de lo que sería su frontal cuestionamiento. O sea, la generación que llegaría a atestiguar la emergencia de corrientes tan novedosas como la socialdemocracia o el cooperativismo, bien para cuestionarlas o, en algunos casos, para hacerlas suyas.En suma, fueron aquellos los que-como he dicho- conocieron los tiempos de Rojas Paúl o Andueza Palacio, pero también los de Castro y Gómez, y hasta los de López y Medina.  Dentro de este grupo militan las semblanzas dedicadas a Carlos León, José Ladislao Andara, Cristóbal Benítez y, algo apartado del resto (por tratarse la suya de una obra más bien enfocada hacia el ámbito hispanoamericano), Horacio Blanco Fombona.
En todo caso, quisiera concentrarme, en lo que resta de estas palabras, en los cinco primeros autores por ser ellos los auténticos habitantes del siglo XIX y exponentes, a la vez, del mayor anhelo de ese siglo: la construcción del Proyecto Nacional Liberal. Después de todo, al hablar de ellos –de Alfonzo, Bolet Peraza, Villanueva, Tosta García y Saluzzo- hablamos de un elenco que nació entre la primera Presidencia constitucional de José Antonio Páez y el primer gobierno de José Tadeo Monagas. Serán, pues, protagonistas –en toda la redondez de lo que ello significa- de la segunda mitad del siglo XIX.
Si algo salta a la vista, al revisar su obra en conjunto, es que todosse identificaroncon una irreductible fe en las ciencias, en las aplicaciones mecánicas y en el progreso material de la sociedad, algo que terminaría vinculándolos con los códigos del Positivismo; pero todavía de un temprano Positivismoque proclamaba confianza en el ejercicio civilista del poder y en las aptitudes que podían derivarse del aprendizaje ciudadano, no como la siguiente Generación Positivista, que se encargaría más bien de negar esa esperanza, atribuyéndole a las condiciones étnicas y hereditarias, propias de la sociedad venezolana, la necesidad de contar con una severa “gendarmería” antes deque esa misma sociedad, luego de un largo-muy largo tránsito-, pudiera arribar a supleno estado de mayoridad.
Desde luego, son muchas las cosas y temas que analiza Ruiz Chataing al referirsea ese discurso liberal tan común a los cinco autores: las garantías individuales; la necesidad de promover la formación de partidos doctrinarios; el sistema de juicios por jurado; la libertad de imprenta; el poder civil impersonal; la abolición de la pena de muerte; la pedagogía política como práctica cotidiana; la crítica acerva al continuismo y, como solución a ello,la alternabilidad republicana como base del contrato social.Pero también analiza el autor, en diversas páginas del libro, el programa historiográfico de la mayoría deellos puesto que, al fin y al cabo (como hombres cercanos a la política en el siglo XIX) se aventuraron a oficiar también en los altares de la Historia.
Dado pues que no puedo abarcarlo todo, me limitaré a tocar sólo dos temas que hacen particularmente valiosas las contribuciones de los autores tratados por Ruiz Chataing: el Federalismo, por un lado, y el Poder Municipal, por el otro. Al hablar de Federalismo, sorprende que todos coincidan en tal alto grado al señalar que no se trataba, históricamente hablando, de una planta exótica entre los venezolanos. Que el Federalismose veía provisto de larga data entre nosotros, derivándose de las instituciones del régimen español en América sobre la base del respeto a las provincias y las comunidades. Entienden al Federalismo como el que mejor atiende a los intereses y necesidades locales y como el que debe ser, por su propia naturaleza, el sistema más eficiente para administrar un país. Era visto además como un contra-poder que obstaculizaba las ambiciones despóticas. Y si de arraigo y abolengo se trataba, pues bastaba –a juicio de ellos- consultar lo que significó el debate federalista que tuvo lugar en el Congreso Constituyente de 1811 o el intento por rescatar esa tradición, tal como pretendieron hacerlo los redactores de la Constitución de 1864. Perotambién coinciden en algo más significativo aún: en revalorar la actuación del General Santiago Mariño por sus convicciones federalistas y en reprocharle a Bolívar sus imposiciones centralistas y anti-venezolanas. Lo mismo o algo parecido a la forma como recomendaban la estrategia descentralizadora diránsobre el Poder Municipal. Y aquí, en verdad, los conceptos pueden verse incluso más cercanos a nuestra propia sensibilidad contemporánea. Para Tosta García por ejemplo –para hablar solamente de uno de ellos- los Cabildos Coloniales metieron más de una vez en cintura a los Capitanes Generales, como una forma de decirque no existía mejor valladar contra la tentación personalista. Y por ese camino se propondrán a afirmar que, sólo a través de vida municipal, el ciudadano llamado a la gestión de los negocios de su localidad podía preocuparse por los intereses del país; o, dicho de otra manera,que sólo  a través del Poder Municipal la vida privada podía unirse de modo efectivo a la pública. Será la opinión de muchos de ellos, dicha expresamente o inferida de sus textos, que la descentralización en todas sus instancias estimulaba la participación y formación ciudadana mientras que, por el contrario, el centralismo no hacía sino inhibirla y asfixiarla.
David Ruiz Chataing tiene ya buena parte de lo que ha sido una larga vida como profesional explorando las ideas y debates que llegaron a plantearse durante el siglo XIX. Varias publicaciones suyas así lo atestiguan y este nuevo libro es apenas un peldaño más dentro de ese afán. Se niega David a creer que toda la sobrestimación que ha disfrutado el proceso de la Independencia condene al resto del siglo XIX a ser visto simplemente como una era deenanismo o raquitismo en materia de ideas. Porque allí, entre esos papeles de época, esplenden intentos serios y bien pensados por hacer un diagnóstico de la realidad venezolana. Entender esa coyuntura pos-bolivariana y las propuestas de republicanismo que le fueron conexas, forma parte de uno de los principales desvelos de este historiador, escritor e investigador sólidamente formado en nuestra Universidad Central de Venezuela. Y ha sido justamente ensuciándose las manos entre periódicos y folletos del siglo XIX donde David ha podido comprobar la riqueza de una época que desmiente en parte, o a su manera, que aquél sólollegara a ser un paísavasallado por la guerra o –como lo diría uno de aquellos autores del diecinueve- que sólo se acostumbró a vivir a merced del cuchillo y del fusil. 
Caracas, 20 de octubre de 2012

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